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  • Roxana Vega Alabarce

Trabajolismo… o escape para el desamor?

Un paciente de edad madura llega a la consulta motivado por la necesidad de salvar su matrimonio, su mujer y sus hijos le reclaman mayor atención y dedicación ya que sus relaciones están cada vez más distanciadas afectivamente. “Tu solo sabes trabajar... cuando estás en casa estás como ausente, pensando en no se que cosa...”

Por otro lado, él no entiende. Se mata trabajando para darles lo mejor. En su  trabajo como vendedor se destaca por su competencia y entrega y es muy valorado. Pero llega a la consulta necesitando cambiar su conducta y aunque afirma estar dispuesto a hacerlo, durante la sesión me sorprendo de escuchar el llamado constante de su teléfono celular y percibo su dificultad para desconectarlo; Es por trabajo...me explica.

Según estudios recientes nuestro país es uno de los países que más horas dedica per cápita al día al trabajo. Parece ser que los chilenos somos gente muy trabajadora. No obstante, es uno de los que tiene peor rendimiento por hora trabajada. ¿Todo este esfuerzo hacia adonde va? ¿Qué profundas razones nos impulsan a entregarnos de esta manera al trabajo hasta el punto de confundirnos con él? ¿Qué efectos tiene sobre nuestra salud? ¿Qué es el trabajolismo?

Al parecer, es un fenómeno social que se manifiesta en la sociedad del consumo. Donde el éxito y la competitividad son los parámetros con que se miden a las personas. Estas presiones llevan a algunos a trabajar un excesivo número de horas, identificándose completamente con su actividad laboral y definiéndose a través de ella. Desde su trabajo reciben constantes refuerzos y premios para continuar produciendo como lo han hecho y ojalá todavía más. Estos estímulos reafirman su identidad laboral, entrando así en un círculo vicioso donde su vida personal y familiar se desdibuja y se reduce en beneficio de su rendimiento, lo que les produce una angustia de vacío y soledad que querrán olvidar... trabajando más.

Esta conducta adictiva, que impulsa a trabajar sin descanso, de manera compulsiva,  lleva paulatinamente a la persona a olvidarse de sí misma y de quienes la rodean. Su actividad se transforma en “activismo” esto es, una pérdida de eficacia debido a la sobrecarga de trabajo a que se somete. Sus relaciones familiares, su salud física y mental  pueden verse deterioradas, resultando presa fácil para el consumo de drogas y estimulantes para rendir más, evitar el cansancio, y con ello  mantener su ilusión de  ser super productor.

En el ámbito familiar y personal, el trabajólico comienza a afectar su vida de pareja y de padre, ya que va perdiendo interés en los problemas y motivaciones de los otros. Disminuye paulatinamente su deseo de divertirse, cayendo muchas veces; cuando no tiene que trabajar; en estados depresivos, conductas que suelen presentarse los fines de semana con su familia, quiénes cada vez lo ven más alejado y desconectado de ellos. Su comunicación se empobrece y sus problemas laborales son el tema central de su diálogo. Su familia se resiente ya que el tiempo que le dedica es poco y sobretodo la calidad de este tiempo es escasa ya que está cansado o está pensando en sus propios asuntos. Luego se siente exigido y demandado, lo que le produce un sentimiento de rechazo. Siente que se le exige algo que no puede satisfacer y  teme al fracaso.

¿Pero como salir de esta trampa?, Por un lado se nos estimula y refuerza laboralmente y por otro lado, esta conducta nos impide entregarnos afectivamente a otros. Paradojalmente nuestro temor al fracaso es tan grande que nos conduce directamente hacia él. No nos deja enfrentarnos con nuestras propias sombras inconscientes y ocultas (miedos, inseguridades, traumas infantiles, etc.) ya que en vez de mirarlas y revisarlas, las escondemos y tapamos de trabajo, evadiendo con ello nuestra propia libertad y plenitud personal para trabajar y amar sin enfermar.

A la clínica suelen llegar luego de mucha resistencia, unos, para salvar su  relación matrimonial y otros, mandados por su médico para terapia complementaria de alguna enfermedad sicosomática como: Hipertensión arterial, úlceras, alergias, estados profundos de miedo o arrebatos de agresividad, insomnio, etc. Cuadros que muchas veces sólo son tratados  a nivel de síntomas con medicamentos,  lo que a parte de ocultar el origen de la enfermedad, puede generar dependencia a los fármacos, y así no permitir el desarrollo de los propios recursos sicológicos de la persona con su enfermedad.

Como reflexión final, me pregunto si trabajar de esta manera no nos estará alejando cada vez más de la armonía que decimos codiciar. Si estas excusas del trabajo sólo son para cubrir nuestra despoblada cuenta corriente de comprensión por el otro y por nosotros mismos, nuestro agotado crédito de cariño y nuestra olvidada cuenta de ahorro del amor.

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